Siempre
será un placer encontrarte tendida en la cama, entre luz y sombras, buscando en mi piel la ausencia de besos y caricias que
se extinguieron con el tiempo. Ahora descubro tu cuerpo de la sábana blanca que
moldea tu figura, y deslizo mis manos por tus pies. Enmudecida, con los labios
entreabiertos, sientes que te invade una extraña sensación, un hondo escalofrío
en lo profundo de ti, que te obliga a doblar las piernas y subir tu pecho en un
gesto de clara satisfacción.
Acto seguido, inicio el
recorrido por la geografía de tu piel arrastrando mis dedos por tus piernas,
deambulando por tus zonas erógenas, disfrutando de esa construcción que un día
un dios diseñó y convirtió en la
semidiosa de mis deseos. Entonces, en el calor del recorrido, te das cuenta que
has regresado a la mortalidad. Cierras los ojos, dudas en abrirlos y romper la
magia que nos envuelve, aunque te sientas invadida, disfrutando del dulce néctar
que nos regala Eros.
Llego
suavemente al promontorio de tus hermosos senos, descubiertos y erguidos,
pronóstico de indudable excitación, mientras recubro con mis labios la aureola
de tus tesoros urgidos por el deseo de encontrarme dentro de ti. Entonces, tu
cuello al descubierto, permite la libre circulación de mis besos, hincando mis
dientes como un vampiro solitario y sediento de ti.
Has
empezado a sospechar que pronto llegará la hora en que ambos cuerpos
descansarán entre las sábanas desechas después de una guerra que libramos sin
cuartel. Sólo que al abrir los ojos, tú continuarás lejos, tal cual semidiosa, y yo
un simple mortal que soñó llegar al Olimpo.




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